Lo confieso: me sobran las Letizias, Metemarits, Máximas y demás petardas con tiara del mundo. Me sobran porque no concibo un mundo de privilegios porque sí, sin echar un palo al agua, porque yo lo valgo y me casé con el hijo del rey de oros y me lo monto de fábula. Entre las que borraría del mapa, que son todas, guardo sin embargo un cariño especial por aquellas que calzan los codiciados Louboutin sin por ello renunciar al toque canalla (la canallería, como las procesiones sentidas, va por dentro). Así las cosas, Estefanía, madre coraje, y la provocadora Clotilde Coureau, brillan en el circo libertario con luminarias propias. Con la primera no me extenderé, dado que ha convertido el “Hola” y el “Paris Match” en sus diarios ilustrados. A la segunda le dedicaré unas líneas, porque más allá del Crazy Horse parisino, local por excelencia del cabaret picante, no se la recuerda, aunque debutó sobre las tablas en el año 88 destrozando a Moliére justo antes de dar un salto al cine. Olvidémonos de ese salto por razones terapéuticas, que no está ya una para sobresaltos.
El burlesque está de moda –¡ ojo a los estrenos cinematográficos de los próximos meses!-, y mujeres tan dispares como la extravagante Dita Von Teese, Arielle Domblaste o Pamela Anderson precedieron a su alteza virtual en este género posmoderno y cachondo que cada día gana más adeptos. “Les nuits d’une demoiselle” fue y es la canción más aclamada del repertorio de Colette Renard, entrañable octogenaria que hoy hace cameos en telecomedias familiares y a la que sonreímos con cariño. Sin embargo, hace medio siglo, Colette y su canción revolucionaron el cabaret erótico. Bajo el inofensivo título ya mencionado, la buena de Colette ensalzaba las virtudes de un buen cunnilingus. Más o menos, claro está, porque en aquella época, lo que no era pan y navaja era metáfora. Como las veladuras no me van, intentaré traducir parte de la canción con permiso de mi vieja profesora de la Alianza Francesa. Allá va: “Qué bueno es ser una señorita, porque al final del día, en mi pequeña cama, con la estrella Venus relumbrando, cuando dulcemente cae la noche, yo me hago chupar el caramelo, me hago deshollinar la chimenea, me hago frotar la península, me hago llenar el vestíbulo, me hago picotear el bombón”. ¿Suficiente? Yo creo que sí.
Y ahora la pregunta del millón: Letiizia presentando un telediario, entregando una medalla o haciendo mesa en una cuestación contra el cáncer. Hasta ahí, sí, pero, ¿os la imagináis canturreando la cancioncilla en un tugurio de Malasaña? Ay, princesas de hojalata, qué zorrones os habéis vuelto… ¡Menos mal que sois todas extranjeras!
A destacar: Lo poético y elevado que nos resulta el eufemismo en un mundo cada vez rendido al parloteo obsceno y barriobajero de Belén Esteban; “princesa del pueblo”, la llaman.